lunes, 15 de julio de 2013

"LOS RECUERDOS VALEN LA PENA"

 

Llueve. Es otoño y llueve. Y no solo en la calle, dentro de mí también cae un diluvio. Ya nada vale la pena, nada tiene sentido. ¿De qué sirve vivir si no eres feliz, si todo lo que tocas se desmorona, si nadie te comprende?
La oscuridad se va apoderando de la ciudad y con cada día que pasa los edificios se vuelven más grises. No sólo los edificios, los árboles, los bancos, la gente que pasa a mi lado... todo es más taciturno y parece que el tiempo insiste en que yo forme parte del espectáculo, que abandone mis ilusiones, que me rinda a la monotonía que trae el frío, a las carreras para no mojarme mientras vuelvo a casa.
Y de repente, eso mismo ocurre, una gota de lluvia surca mi cara y otra acaba en mi gorro de lana, que parece no ser suficiente para ese tipo de lluvia fina, pero insistente hasta que te cala los huesos. Abro mi paraguas lleno de colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y añil, imitando a un arco iris que poco a poco adquiere intensidad, un poco más por cada gota de lluvia de la que me protege.
Mucha gente se gira cuando paso a su lado y no creo que sea solo por el paraguas, eso es sólo una pequeña parte de lo que podría distraerles. Puede que sea por mi chubasquero amarillo brillante, algo corto que deja a la vista el final de mi peto vaquero y corto y mis medias azul marino con pequeñas estrellitas más oscuras, ¿y si es mi bufanda a rayas azul turquesa y verde esmeralda? ¿o si es mi gorro morado? Seguro que son mis botas de lluvia rojas.
Siento el impulso de acelerar mi paso, para pasar lo más desapercibida posible, pero antes de hacerlo realidad una idea nace en mi mente y provoca el efecto contrario en mi cuerpo. Me paro. Me paro y dejo que se choquen conmigo hasta que se consigo una burbuja de espacio vital que la gente evita explotar. Mientras tanto mi idea sigue creciendo: "¿Y si la culpa no es mía? ¿Qué tienen de malo los colores? Puede que sea exagerado, puede que al fin y al cabo sea algo rara, pero ¿y si cada color es un buen recuerdo para mi?".
Miro hacia arriba en busca de el cielo gris que se empeña en derrotarme, pero me encuentro de nuevo con mi escudo de tela impermeable y sonrío. Sonrío al ver el rojo, de las pajitas rayadas de los batidos del Vanilla Shake's; el naranja, del último atardecer de verano con aquel chico que aún hace que me tiemblen las piernas cada vez que le veo; el amarillo, de los Smileys de mi mochila del instituto; el verde, de la hierba del patio de detrás de mi casa, que era fresco y suave en primavera; el azul, de los ojos de él y del cielo en verano; y el añil, de las sábanas de mi cama, siempre acogedoras y dispuestas.
Entonces, cierro mi paraguas y dejo que la lluvia me empape gota a gota la cara, las manos, que salpique contra mi chubasquero que acabo abriendo para dejar paso al agua y que me cale por dentro. Empiezo a caminar, hasta el centro de la calle donde se encuentra el surco que lleva el agua hasta la alcantarilla y salto para que salpique. Giro sobre mi misma y siento la mirada de la gente y el agua cayendo sobre mí. Escucho en mi cabeza mi cabeza mi canción favorita y todos mis sonidos favoritos: el viento entre el trigo, cantar con mis amigas desafinando y a pleno pulmón y la risa de él... Y miro al cielo, a las nubes, a la lluvia y en mi cabeza les grito desafiante: "¡No necesito un paraguas para protegerme de ti! No tienes poder sobre mí. Yo decido y elijo que el gris forme parte de mis recuerdos. El recuerdo del día en el que la lluvia me enseño que vale la pena luchar."


RELATO DE UNA WAMBERA

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